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sábado, 23 de junio de 2007

UNA DE CHOCOLATE


En los tiempos de las tatarabuelitas, de los tatas para ser más breves, hubo un viejecito gruñón, indito, pequeñito, con piel de cobre y manos duras, con callos, con olor a tierra, con mirada de tigre enojado y de noche, que constantemente, por lo menos cada dos por tres, daba de saltos en su casa, y su mujer se asustaba. Porque el viejo brincaba como chapulín y se retorcía mientras gemía de coraje, porque le enojaba ser viejo.

Él pensaba que los viejos no tenían fuerza, que los viejos eran viejos y no servían pa´ná y que los jóvenes se burlaban de ellos y que los niños les tiraban piedras y que las niñas se aburrían con sus cuentos.
El viejo parecía caimán en esas tardes que se enojaba: peleaba contra el viento, el fuego, la palma del techo de su casa; con decirte Pablo, que hasta parecía que tenía cola como los lagartos. Cuando estaba más furioso tiraba puñetazos como peleador experto y lloraba mientras decía:
-maldita sea, maldita sea ser viejo-.

La mujer, de trenzas blancas y ojos pequeños, suspiraba y se atemorizaba, hasta que harta de los dengues de su marido decidió buscar consejo entre las mujeres que conocía.
Una le dijo: -ponle pinole en su agua y endúlzalo con piloncillo. Todo durante 8 lunas llenas y dejará el mal genio.-

Otra, le dijo: -Prende tres velas, saca un tazón de barro al sol del medio día; cuela el agua en la noche y refréscale con el frío de la noche y a la mañana siguiente, todos los días de aquí a que se componga, dale de beber esa agua a la luz de las velas.-

Una más, la mejor amiga de la mujer desde que eran niñas, le dijo: -pero pa´qué te haces. Tu viejo tuvo mal genio desde joven y no tiene nada de nada. Lo único que le pasa es que siempre ha sido bien terco y berrinchudo. La próxima vez que te venga con eso, mejor le dices: tengo un chocolate calientito, ¿ no prefieres gustar de su sabor ahora que ya tás viejo y antes de que no puedas?-

La mujer del viejo enojón siguió al pie de la letra su consejo. Los primeros días el hombre no probó el chocolate y la mujer – siguiendo los consejos de su amiga – tiró – sin darle un sorbo siquiera-, el chocolate del viejo frente a su mirada atónita.
En esa época Pablo, el cacao – con lo que se hace el chocolate - era tan valioso como el oro. Por eso el viejo al cuarto día, detuvo la rabieta, bebió el chocolate de la esposa y no pudo más hacer berrinches, pensando en que tal vez sí ´taba viejo, muy viejo, pero no quería estar tonto.

domingo, 17 de junio de 2007

Gabriel García Márquez II y el día del padre



Ya les he contado que mi padre, este que está en la foto, me adentró desde niña al mundo de los sueños. Él preguntaba por las mañanas: " y qué soñaste hoy"..., cuando no había respuesta me decía " cuando te despiertes no hables con nadie, muévete poco y trata de recordar con los ojos cerrados qué soñaste". Así los días con Alberto Monroy Cajiga comenzaban platicando de los sueños, de lo que la familia había soñado.

A él debo mi pasión por leer hasta las contracaras de los envases, las obras de Julio Verne y más tarde Isaac Asimov, Huidobro, a "El Cocodrilo", a Juan Rulfo y su Pédro Páramo y ya no sé cuántos y cuántas más.

Con él aprendí a leer poesía y a disfrutar de la poesía: coleccionábamos piedras de todo tipo y se tomaba el tiempo para llevarme a recolectarlas. Geodas, cuarzos y piedras y gemas formaban una colección que más tarde, cuando el murió, casi termina en la basura porque mis hermanos mayores, al estar convencidos que no "valían nada" iban a deshacerse de ella. Igual iba a sucederle a la colección de obras prehispánicas, en esa familia, fuera de él y yo nadie mostró interés por las culturas indígenas de este país.

Por mi padre supe de lo que a unos les ha dado por llamar "realismo mágico" y que yo identifico más con la maravillosa y pletórica imaginación con la que llenaba mis días. Él me hizo querer vivir con poesía convirtiendo lo cotidiano en sagrado y maravilloso. No permitió que dejara de ver lo sorprendente que puede ser cada día y no me dejó ahogarme en la intrascendencia de la vulgaridad, entendida como la incapacidad de asombro por la vida más que el cuidado esmerado de gestos y palabras.

Alberto Monroy Cajiga, mi padre, fue periodista, productor de cine, innovador, emprendedor y soñador y sobre todo fue un padre divertido, interesante, bueno en el buen sentido de la palabra bueno, cariñoso y cálido; siempre atento a mis razonamientos, mis dudas, mis sentimientos.Con él platicaba en las tardes, nos íbamos a que se tomará un café y yo un helado, un dulce, un pastel, lo que fuese. Era mi amigo, mi interlocutor, mi cómplice, mi maestro, mi amor.

Se fue hace 36 años y hoy tengo 50 pero sigo encontrándolo en Macondo y las mariposas amarillas siempre me hablan de él y de sus alcances y me sigue inspirando y lo sigo queriendo y lo sigo extrañando.

( Por todo ello le doy gracias a Gabrielito y seguro que mi padre se hubiera devorado sus libros..."Ojos de perro azul" es de no perdérselo...)